30 diciembre 2013

La caída de Teshaner (XXII)

Kaliena observaba el desarrollo de la batalla desde un bastión de la muralla oriental. La mujer, junto a otros tres monjes guerreros de su orden, estaba al mando de una guarnición formada por una veintena de hombres y mujeres, civiles todos, y cuya misión era proteger aquella sección. Por el momento, todos los ataques se habían concentrado en la parte norte de la ciudad, de modo que lo único que podían hacer por ayudar a sus compañeros era rezar.
Negras columnas de espeso humo se elevaban en la pradera. El ejército orko lanzaba una tropa tras otra contra las murallas, trepando por cuerdas y escalas, en número tan superior a los defensores que estos no podían evitar que muchos alcanzasen la cima. Las flechas surcaban el cielo, los cuerpos caían como pesados fardos desde las almenas, los gritos de júbilo y furia se confundían con los estremecedores alaridos de dolor.
Centenares de diminutas figuras se batían a muerte en la atalaya, los orkos resaltando como negras manchas entre los pálidos rostros de los soldados humanos. Kaliena contemplaba sin aliento aquel dantesco espectáculo, sosteniendo con fuerza la vara y lamentándose por no poder acudir en ayuda de los defensores.
Sin embargo, a pesar de las infinitas unidades orkas, los muros resistían los embates, y cada ataque era saldado con cuantiosas bajas para los invasores. Los arqueros enviaban a decenas de orkos al infierno y los soldados expulsaban a los demás atacantes a base de estocadas. Un rechinar atrajo la atención de la mujer.
Sus ojos castaños se apartaron de la cruenta batalla y se dirigieron hacia los campos que rodeaban la ciudad. Allí, sobre la nieve, una treintena de grandes carromatos se habían situado en perfecta formación.
Nuevos chasquidos se sucedieron mientras los orkos manipulaban aquellos aparatos que Kaliena no podía reconocer.

La primera descarga fue demoledora. Inmensos bloques de piedra trazaron una trayectoria parabólica y alcanzaron la parte más alta de las murallas. Los proyectiles cayeron por todas partes, destrozando los muros, abriendo profundos socavones en la vía y aplastando a decenas de soldados. Josuak vio cómo un pedrusco del tamaño de una rueda de carro sepultaba a dos hombres, salpicando de sangre la almena. Otro proyectil impactó en el muro, desintegrando la piedra en una lluvia de virutas y polvo. Un soldado saltó evitando otra roca, pero salió despedido y cayó de espaldas al suelo, quedando indefenso ante las cimitarras de los orkos. Un pedrusco atravesó el torreón, pulverizando sus paredes y matando a los tres arqueros que había en su interior. Josuak buscó a Gorm en medio de la desesperada. Los orkos, aprovechando la cobertura de las catapultas, habían invadido el bastión y masacraban a los confusos soldados. Las cuerdas colgaban por todas partes y más de aquellas criaturas trepaban la muralla con las cimitarras atenazadas en las mandíbulas. Un soldado fue acuchillado por tres enemigos, un arquero disparó una flecha casi a ciegas un momento antes de ser atravesado por una lanza. Josuak escuchó un colérico rugido que le era familiar y dirigió su atención hacia el lugar donde se agolpaban los luchadores.
En pleno fragor del combate encontró a Gorm, blandiendo su hacha en círculo a la vez que bramaba con furia animal. El filo del arma decapitó a un orko. Por desgracia, una decena de aquellos seres rodeaba al gigante. Josuak, lanzando también un grito de rabia, se abrió camino a espadazos entre el mar de enemigos.
Gorm abrió en canal a un orko y se volvió para evitar un ataque traicionero. Josuak saltó sobre el borde de la muralla y corrió por encima de las almenas, cortando numerosas cuerdas en su camino hasta el lugar donde el gigante destripaba a otro rival.
Las catapultas lanzaron una nueva lluvia de piedras sobre la muralla. Un proyectil aplastó a varios hombres y orkos. Otro destrozó una parte del muro y arrojó los cascotes sobre los asaltantes que trepaban por él.
Josuak saltó de la almena justo en el momento en que uno de los pedruscos la convertía en polvo. El mercenario cayó sobre un orko, hundiéndole la espada entre los omoplatos. Gorm recibió una herida en el brazo. Inmune al dolor, replicó con un golpe de hacha que arrojó al agresor por encima del muro. Otra piedra estalló en el centro del paseo, reventando a más hombres y abriendo una telaraña de grietas en el suelo. Josuak alzó instintivamente su escudo para detener una cimitarra. Un orko rasgo la espalda de Gorm, abriendo una profusa herida en la azulada piel del gigante, que se desembarazó de su atacante lanzándolo contra el suelo para aplastarlo a continuación con su hacha. Un silbido cruzó el cielo y un bloque de piedra destrozó otra parte de la muralla. Una flecha se hundió en el rostro de un atacante. La batalla continuaba sin ningún orden; las tropas defensoras superadas en todos los sentidos y sin tener tiempo para reorganizarse y plantar cara a los invasores.
La lluvia de pedruscos cesó mientras las catapultas eran recargadas. Josuak, tras matar un nuevo enemigo, consiguió llegar junto a Gorm.
- ¡No podemos seguir aquí! -le gritó a la vez que destripaba de un tajo a uno de los orkos que acosaban al gigante. Gorm, por su parte, balanceó su enorme hacha y cortó las piernas de otro atacante.
- ¡Las catapultas acabarán con nosotros! -siguió gritando Josuak-. ¡Hemos de retirarnos!
El gigante rugió otra vez y aplastó uno de los perrunos cráneos de un poderoso mandoble. Sin prestar atención a su amigo, se dio la vuelta y se dispuso a enfrentarse a la nueva hornada de enemigos que acababa de alcanzar la cima de la muralla.
En ese instante, las catapultas fueron accionadas de nuevo y por tercera vez el cielo se llenó de enormes pedruscos. Otra sección del muro se convirtió en ruinas ante los terribles impactos. Nuevas cuerdas volaron y los garfios encontraron asideros en las piedras y los cuerpos caídos. Gorm cargó con su hacha, empujando a tres orkos fuera del muro y haciendo frente a los cinco restantes. Josuak maldijo entre dientes y saltó por encima de varios cadáveres para ir en ayuda de su amigo de piel azul. Una piedra cayó unos metros más allá y fulminó a dos soldados, convirtiendo sus cuerpos en una pulpa de carne, sangre y huesos rotos. Gorm y Josuak lucharon espalda contra espalda. La cruenta batalla prosiguió, cayendo hombres y orkos por igual, pero, mientras que los primeros eran cada vez menos numerosos, los segundos parecían no tener fin.
Un gran orko de poderosa musculatura evitó el ataque de Josuak y le alcanzó de refilón con un tajo de su cimitarra. El mercenario sintió un doloroso relámpago en su frente. Reponiéndose al instante, logró detener el siguiente golpe y estampó el escudo en el cuello del orko, que boqueó sin aire y cayó de rodillas. Josuak prosiguió con un rápido tajo descendente y decapitó limpiamente a la inmunda criatura.
Sin tiempo para reponerse, se pasó una rápida mano por la frente y se enjugó la sangre. Un instante después ya se enfrentaba con otro de aquellos monstruos. Su brazo empezaba a cansarse y sus movimientos eran cada vez más lentos y torpes. El ágil mercenario amputó la garruda mano izquierda de su adversario y se volvió para encarar a otro más. La situación era desesperada; no aguantarían mucho más.
Las catapultas lanzaron la siguiente andanada de piedras. Los proyectiles cayeron sobre la muralla como inmisericordes castigos divinos, aplastando hombres y resquebrajando aún más las debilitadas defensas.
Gorm luchaba convertido en una bestia furiosa. Josuak, exhausto, cortó una de las cuerdas que colgaban de la muralla y se preparó para recibir a un nuevo rival.
De pronto, el poderoso sonido de un cuerno resonó por encima del fragor del combate. Humanos y orkos detuvieron la lucha durante un instante mientras los ecos de la llamada retumbaban en el paseo.
- ¡Adelante, por Stumlad! -se escuchó un grito.
Josuak se volvió hacia la empinada avenida que llevaba a la muralla desde el interior de la ciudad. El mercenario a punto estuvo de perder la cabeza cuando el orko con el que luchaba aprovechó su despiste para atacar. Hombre y monstruo rodaron por el suelo, forcejeando. Josuak sintió una garra arañar su brazo.
Liberándose de la presa, pudo abrir el cuello del orko con su espada. De una patada se quitó al cadáver de encima y se incorporó justo en el momento en que un nuevo canto del cuerno se imponía sobre el tumulto de la batalla.
- ¡Sin piedad, no dejéis ni uno con vida! -ordenó una poderosa voz.
Abriéndose paso por el acceso a la muralla surgió una decena de caballeros, vestidos en brillante armadura y montados sobre impresionantes corceles. A la cabeza del grupo, cabalgando con increíble seguridad a pesar de lo resbaladizo del piso, iba Pendrais, con la espada alzada y pronunciando una nueva orden con voz profunda y segura. Los cascos de los animales aplastaron a varios de los sorprendidos orkos mientras las
espadas acababan con que intentaban huir.
Tras los caballeros, aprovechando la vía abierta por estos, un batallón de arqueros corría pendiente arriba y se apresuraron a tomar posiciones en la muralla. Tensaron sus cuerdas y, a la señal de su capitán, lanzaron una densa lluvia de saetas sobre las catapultas. Muchos de los orkos encargados de manejarlas cayeron muertos sin poder activarlas de nuevo. Los arqueros enviaron una nueva ráfaga que acabó con todos los
orkos que había junto a los malditos ingenios de guerra.
Josuak, agotado, respiraba aceleradamente sin poder hacer más que observar a su alrededor. La muralla, hasta hace unos momentos un lugar de caos y pesadilla, permanecía en una paz casi irreal. Incontables cuerpos yacían desparramados por el suelo, inmóviles y con los rostros contraídos en horribles muecas. Los grandes pedruscos que habían destrozado la cumbre del bastión ocupaban buena parte del paseo, sepultando los cuerpos de innumerables soldados. Los supervivientes se movían de un lado a otro, encargándose de ayudar a los compañeros heridos a la vez que daban muerte a los del ejército invasor.

Entretanto, los arqueros prendieron sus flechas en fuego y dispararon sobre las catapultas. Como si de brillantes estrellas fugaces se tratase, los proyectiles cruzaron el encapotado cielo e impactaron sobre la madera, haciéndola arder y convirtiendo los pesados carros de combate en grandes piras de fuego. La batalla había concluido, por el momento.

27 diciembre 2013

Reflexiones 2013


Un año acaba y como siempre me siento este día de fiesta, con algo de resaca de los excesos de añoche, a plasmar en esta entrada mis pensamientos sobre el año que dejamos atrás.

Para mí 2013 es el año en que la saga de librojuegos de Leyenda Élfica ha llegado a su conclusión, con la publicación de los libros 3 y 4. La historia que lo empezó todo veía así su final, en una edición que creo ha quedado muy digna y que permiten ver en conjunto toda la historia del príncipe Araanel, su compañera Miriel, Pendrais y demás personajes. La recepción de los librojuegos ha sido buena, con varias reseñas que constatan que la saga ha ido ganando en calidad e intensidad con cada volumen. Para mí, ha sido todo un placer ver los cuatro libros juntos, y que los seguidores pudieran completar la historia.
La publicación de estos libros ha coincidido con el resurgir de los librojuegos en nuestro país, con la salida de otros libros de diferentes autores y editoriales, como La feria tenebrosa, Héroes del acero, o los importados Destiny Quest. La verdad es que es una gozada ver que los librojuegos no están muertos y que siguen siendo un medio tan válido como cualquier otro para contar historias.

Respecto al juego de rol de El Reino de la Sombra, la verdad es que ha habido dos aportaciones importantes durante este año. Por un lado, la publicación del Libro Básico en tapa dura ha sido una apuesta de Nosolorol por el juego, corrigiendo el mayor error que tuvo la primera edición, como fueron unas tapas algo endebles, y dándole robustez al libro. Además, ha sido una oportunidad para que nuevos lectores conocieran el juego y se hicieran con él, comprándolo en cualquier tienda especializada.
El segundo punto importante del año ha sido la publicación del suplemento de Defensores de Korth, el tercero de la serie, y que sirve para dar continuidad a la línea.
Por supuesto, muchos hubiésemos querido que el Libro Avanzado hubiese salido en este 2013 que ahora acaba, pero el trabajo que está dedicando Nosolorol ha revisarlo requiere de tiempo, y al final es mejor tener un manual bien trabajado que no sacar un producto mejorable por ir con prisas.

El tercer punto que querría destacar es el movimiento que se ha ido produciendo este año de reconocimiento de El Reino de la Sombra, y que tengo la sensación que se ha acentuado en los últimos meses. Me refiero a reseñas en blogs, comentarios, etc que han ido saliendo en internet, en que aficionados comentaban los puntos fuertes del juego, y creo que hacían una revisión del juego mucho más a fondo que simplemente decir que es otro clon de Dungeons and Dragons.
A este debate seguro que ha contribuido también la salida en castellano del todopoderoso Pathfinder, al que siempre me he referido en broma como la llegada del señor de la sombra... Sin duda, Pathfinder es un juegazo y el volumen y ritmo de sus publicaciones puede arrasar con todo. Para mí, el hecho de que haya habido gente que se haya manifestado a favor de El Reino de la Sombra en vez de Pathfinder no puede sino ser un gran orgullo, y que me da más fuerzas que nunca para seguir escribiendo.

¿Y qué nos depara el futuro? Pues está claro que el objetivo para 2014 es publicar finalmente el Libro Avanzado de El Reino de la Sombra, que está suponiendo un esfuerzo titánico, tanto para JC, Pedro J, así como Xavi Tarrega que se está encargando de ilustrarlo. Por mi parte, espero que el manual cumpla las espectativas y amplie y mejore el juego. Ni se me ocurre hablar de fechas, pues eso depende de Nosolorol y yo creo que aún quedan unos cuantos meses hasta que podamos tenerlo en nuestras manos. Sólo espero que sepáis entender esta demora y que la espera valga la pena al final.
A su vez, Nosolorol tiene un producto en mente que relaciona los librojuegos de Leyenda Élfica y el juego de El Reino de la Sombra. Esperaré a que sean ellos quienes comenten algo al respecto, pero será una nueva aportación al mundo de Valsorth.
Respecto al Reino, este año también se publicará la pantalla del Director de Juego, y quizás incluso alguno de los suplementos que aguardan en cola, como el de los elfos salvajes o el de los clanes bárbaros. Por mi parte, este año lo dedicaré a seguir escribiendo el Libro Experto, y así dar más trabajo a Nosolorol cuando acaben con el Libro Avanzado...

Como podéis ver, proyectos en marcha no faltan, y es el ritmo de revisión y corrección de los libros, así como la estrategia editorial de Nosorol, lo que marcan la publicación de los libros. Muchos de vosotros habéis manifestado que se está tardando demasiado tiempo en sacar el siguiente manual, o que corremos el riesgo de que la línea muera si no nos damos prisa en publicar más material. Desde aquí, sólo puedo esperar que compartáis conmigo la idea de que mejor esperar y garantizar un producto de calidad, como ya hicimos con el Libro Básico.

Nada más, sólo desearos a todos unas felices fiestas y un feliz 2014. Aquí seguiremos en enero, en nuestra lucha por salvar Valsorth y no doblegarnos ante la llegada de la oscuridad. ¡Aquí seguimos!


PD: Para ilustrar estos desvaríos, esta vez he escogido una foto que me hizo una persona hace unos meses. Le dije que algún día lo usaría en mi blog y así ha sido.




25 diciembre 2013

Campaña de El Reino de la Sombra en La Puerta Negra.


Simplemente hacer una nota de la campaña que están llevando a cabo la gente del blog de La Puerta Negra, en su regreso a Valsorth y a El Reino de la Sombra, después de aquellos míticos podcasts (el sacrificio del gigante azul fue épico). Podéis seguir sus aventuras gracias a la narración de las mismas que están haciendo en su blog.
Desde aquí, muchas gracias, y mucha suerte en Teshaner!

Descenso a Gradzvayr II





23 diciembre 2013

La caída de Teshaner (XXI)

La primera acometida se produjo contra la puerta norte. Josuak, Gorm y el resto de la guarnición contemplaron desde las almenas cómo las tropas orkas cargaron contra los muros. Los arqueros recibieron a los atacantes con una lluvia de flechas. Muchos orkos cayeron heridos o muertos, pero el resto prosiguió su alocado avance hasta alcanzar la base de la muralla. Las saetas siguieron cruzando el cielo y provocando más bajas. Los orkos se agolparon contra los muros en busca de protección. Otros dispararon sus arcos contra las almenas, aunque sus flechas quedaban cortas y se quebraban contra la piedra muchos metros por debajo de las posiciones de los milicianos, quienes seguían repartiendo muerte desde su aventajada posición.
A pesar de que los orkos caían a decenas, más y más enemigos cruzaban las chabolas de los alrededores de la ciudad, guareciéndose en ellas para alcanzar las murallas. Escalas de cuerda volaron sobre los muros. Más silbidos de flechas, más gritos de muerte; el caos se desató en aquella sección de la muralla. Los arqueros no pudieron evitar que los orkos más rápidos treparan hasta la cima. La lucha se recrudeció entonces. Los milicianos se batieron a espadazos, expulsando a los invasores, pero sin poder evitar que varios de los suyos cayeran al vacío junto a los orkos.
Josuak contempló a los defensores resistir el asalto y hacer retroceder a los orkos. A su lado, los hombres de la guarnición prorrumpieron en gritos de júbilo y alegría. Los ánimos renacieron entre el destacamento de soldados y campesinos, confiando en que quizás las altas murallas podrían detener a la negra marea que se les venía encima.
Entonces, cortando los cantos de alegría, tres escuadrones de soldados orkos arrancaron desde la retaguardia y se dirigieron hacia la sección que ellos defendían.
- ¡Ya vienen! -alertó innecesariamente uno de los vigías.
Los orkos se internaron a la carrera entre el laberinto de casuchas, prendiéndolas en llamas. La humareda se elevó en el cielo justo en el momento en que los arcos de los soldados empezaron a chascar. Las flechas cruzaron el grisáceo amanecer y muchos de los bramidos de los atacantes se quebraron en breves alaridos de dolor. Los orkos recibieron la fatal lluvia arremolinándose en la base de la muralla, desde donde empezaron a lanzar cuerdas hacia lo alto. Los garfios aparecieron por todas partes, aferrándose a cualquier saliente que encontraran. Los soldados recorrían el baluarte cortando cuerdas y lanzando a muchos orkos hacia una muerte segura. Sin embargo, las cuerdas seguían cayendo sobre la muralla.
Josuak se apresuraba en cortar todos los cabos que encontraba a su alrededor. Los arqueros disparaban una y otra vez en un intento de detener a los trepadores que ya se encontraban cerca de las almenas. Gorm arrancó con la mano uno de los garfios y dejó que la cuerda se escurriera como una veloz serpiente hacia el abismo. El gigante se giró para ver aparecer a los primeros enemigos que alcanzaron la cumbre, portando las cimitarras entre los dientes y con los ojos rojizos refulgiendo con salvajismo.
Gorm se apresuró en hacerles frente. Describiendo un amplio tajo con su hacha, alcanzó en el pecho a uno, arrojando con el impulso a otros dos fuera de la muralla. Josuak se situó al lado del gigante y de una estocada envió a otro orko hacia las piedras de abajo.
La batalla estalló en la muralla. Los milicianos aferraron las espadas y se enzarzaron en una lucha cuerpo a cuerpo con los atacantes. Un soldado fue arrojado por el borde, un orko graznó de dolor con una profunda herida en el cuello, las flechas silbaron por encima de los combatientes. Gorm rugió con furia y, de un hachazo, abrió en canal la cabeza de un enemigo. Josuak detuvo con su escudo una cimitarra y lanzó una estocada a las piernas de su rival. El orko se desplomó entre lloriqueos, ocasión que aprovechó el mercenario para acabar con él. Seguidamente, cortó dos nuevas cuerdas que habían aterrizado en la muralla. Una vez hecho esto, se acercó al borde para expulsar a dos atacantes. Pateó a uno por la espalda y amputó la mano del otro de un tajo. El orko chilló de dolor y perdió el equilibrio, siguiendo a su compañero en la caída. Josuak pudo entonces mirar por encima de las almenas y ver cómo se desarrollaba la batalla en el exterior.
Las hordas de orkos atacaban ya toda la muralla norte. El fuego arrasaba los alrededores de la ciudad y la humareda se alzaba en fluctuantes columnas negras. El grueso del combate se desarrollaba en las inmediaciones de la gran puerta, cuyos rastrillos de acero permanecían bajados e impedían el paso. Los soldados de la milicia repelían una tras otra las oleadas de asaltantes, enviando cientos de cadáveres de vuelta a las afueras de la ciudad. Josuak descubrió entonces un movimiento en las filas de los ejércitos orkos que aguardaban en los alrededores: Varios escuadrones se dispersaron hacia diferentes puntos de la muralla, tirando con cuerdas de unos artilugios que la distancia impedía precisar.
Nuevos enemigos surgieron ante Josuak en ese momento. El mercenario mató de un sorpresiva estocada al primero y con el escudo evitó el ataque del segundo. Retrocediendo varios pasos, logró contraatacar y hundir su espada en el estómago del orko. Gorm apareció entonces y agarró por la espalda al tercero, levantándolo con sus poderosos brazos y arrojando al aterrado orko al vacío. El cuerpo rebotó duramente contra la piedra, arrastrando a varios escaladores con él.
- Tenemos problemas -le gritó Josuak al gigante, recuperando su posición en las almenas y señalando a los lejanos grupos de orkos que proseguían su lenta aproximación-. Mira aquello -añadió como única explicación.
La distancia era menor ahora, de modo que pudieron distinguir los grandes aparatos que los orkos arrastraban con cuerdas. Eran pesados carros de madera, de grandes ruedas y del tamaño de una vivienda.
En su centro, en un complejo entramado de cuerdas, reposaba un alargado brazo acabado en una cesta de metal.
- Catapultas -anunció Josuak.
Gorm no contestó. Tras sacudir la cabeza para olvidarse de las catapultas, se lanzó sobre los orkos que coronaban la cumbre de la muralla. Josuak, tras echar un último vistazo abajo, se adentró en la caótica batalla. Un orko apuñaló por la espalda a un desprevenido soldado. Josuak se deslizó a su lado y vengó al caído de un espadazo, esquivando a continuación el ataque de otro enemigo. Tras darle muerte, prosiguió avanzando entre los luchadores, distinguiendo brevemente a Hilnek. El mando y varios soldados protegían el torreón de un numeroso grupo de orkos. Uno de los defensores recibió una estocada en el estómago. El orko no pudo disfrutar de su victoria, ya que otro soldado le atravesó con su espada. Josuak apareció a la espalda de uno de los monstruos y, agarrándole el cuello con el brazo del escudo, le abrió la garganta en un sangrante corte. Dándose la vuelta, describió otro tajo y acabó con el último de los enemigos.
- ¡Hilnek, se acercan catapultas! -gritó Josuak al veterano soldado, que yacía encorvado hacia delante mientras recuperaba el aliento. Éste levantó los ojos y le miró sorprendido.
- ¡Catapultas! -repitió Josuak señalando con la mano hacia el exterior-. ¡Los orkos traen catapultas!
Hilnek miró hacia donde indicaba el mercenario y su semblante quedó lívido. Los otros soldados reconocieron también la poderosa maquinaria de guerra y un velo de desesperanza cubrió sus miradas.
- ¡No puede ser! -negó Hilnek asomándose a la almena, obviando la lucha que seguía desarrollándose a su alrededor-. ¡No puede ser, esos salvajes no saben construir catapultas! -gritó sin poder creer lo que estaba viendo.

Josuak no se molestó en responder. Los escuadrones orkos se habían alienado ya a un centenar de pasos de la muralla y se apresuraban en preparar las catapultas para lanzar la primera andanada.

20 diciembre 2013

Reseña de la saga de Leyenda Élfica



Pues en el blog de Zona zero, han ido colgando estos meses reseñas de todos los librojuegos de Leyenda Élfica. Podéis leerlas en los siguientes enlaces:

El bosque en llamas

El emisario

La abadía de la traición

Aliados y enemigos

Desde aquí, tan sólo agradecer al autor que haya escrito estas críticas sobre los libros. Además, y respondiendo a su última petición, ¿quién sabe si en el futuro volveremos a Valsorth en otro librojuego?

16 diciembre 2013

La caída de Teshaner (XX)

Josuak descansaba sentado en la piedra del suelo, la espalda apoyada sobre la almena. A pesar de que el amanecer estaba próximo, la oscuridad era total en la muralla, siendo las antorchas que pendían de los muros la única fuente de luz. La nieve había cesado de caer durante la noche y en aquella primera hora del día ya había sido barrida por el ir y venir de los soldados. El clima era tan desapacible que el frío llegaba a lo más profundo, helando hasta el ánimo de los hombres, que aguardaban en la atalaya en silencio y observaban con preocupación el manto de negrura que se extendía ante ellos. Josuak se frotó el rostro tratando inútilmente de calentarlo y cubrió su boca con las manos para suavizar el congelado aire que respiraba. Un nuevo escalofrío le sacudió el cuerpo cuando una ráfaga de viento glacial barrió el alto de la muralla. El mercenario vestía su usual cota de mallas, pero se había desprovisto de la capa verde, sabiendo que más adelante resultaría un estorbo. Se había recogido también el pelo por una tira de cuero, dejando despejada la frente bajo la que resaltaban sus castaños iris. Tras murmurar una maldición por el frío, desvió la mirada a su derecha. Inmune gélido viento, Gorm escrutaba el oscuro amanecer con rostro impasible. El gigante reposaba los brazos sobre la empuñadura de su enorme hacha, observando con indiferencia la planicie donde las hordas de orkos preparaban el primer ataque contra la ciudad. Josuak sacudió las manos sobre las pantorrillas y agarró la espada que yacía a su izquierda. Cerrando los dedos sobre la empuñadura, alzó el arma y contempló ensimismado la hoja, recién afilada por uno de los herreros que atendían a la guarnición. Observó la espada durante unos momentos, para después ponerse en pie y guardarla en la funda de su cintura.
- ¿Qué pasa ahí fuera? -le preguntó a Gorm, apoyándose sobre la parapeto y examinando también el exterior de la ciudad.
- Ya queda poco -respondió escuetamente el gigante.
Josuak no dijo nada y se dio la vuelta hacia el centenar de hombres que formaban la guarnición encargada de defender aquel tramo de muralla. En su mayoría se trataba de campesinos y trabajadores, de fuerte constitución y acostumbrados a usar la azada, pero que sostenían con manos inseguras las espadas que les habían entregado en los cuarteles de la milicia. Ninguno de ellos sabría cómo reaccionar en una batalla, por lo que en el grupo había una decena de soldados, mercenarios y aventureros. Estos tendrían que llevar el peso de la lucha, ayudando e instruyendo a los campesinos a la vez que trataban de mantenerse con vida.
Uno de los soldados, un hombre ya mayor y de abultada barriga, había sido designado para dirigir aquella guarnición. Su nombre era Hilnek, y a pesar de tratar de aparentar serenidad, sus ojos delataban que estaba tan asustado como cualquiera de los campesinos.
Josuak y Gorm fueron destinados a esa guarnición durante la noche anterior. Nada más concluir la asamblea, Haldik estuvo hablando con ellos y les ofreció la posibilidad de ocupar un puesto en la muralla norte.
- Allí es donde habrá los combates más duros -les explicó el soldado-. Las murallas son más accesibles en ese punto y los orkos tratarán de aprovecharlo. Creemos que el ataque empezará mañana mismo, o quizás incluso esta mismo noche.
- ¿Esta noche? -preguntó Josuak, fatigado sólo de pensar en tener que luchar ese mismo día.
- Sí, las tropas de orkos se están desplazando y no esperarán más. -Haldik saludó con la mano a otro oficial de la milicia y siguió hablando-. Necesitamos a guerreros experimentados en esa muralla. Yo mismo y los mejores hombres estaremos en los diferentes bastiones. Si atacan de noche, la oscuridad volverá inservibles los arcos y entonces será necesaria la fuerza de las espadas.
Por su parte, Kaliena y los miembros de su orden habían decidido situarse en la muralla oriental, donde dirigirían a la guarnición civil. La mujer se despidió de los dos mercenarios a las puertas de la hacienda de los Lores.
- Buena suerte -les deseó, sonriendo, aunque sin poder disimular la inquietud que delataba su mirada.
- Tranquila, sería una vergüenza caer en el primer día de lucha -dijo Josuak con sorna, devolviéndole la sonrisa. La tensión entre los dos de aquella misma tarde había desaparecido, quizás debido al desarrollo de la asamblea, o quizás porqué en una despedida como aquella no era momento para demostrar rencor.
Josuak siguió hablando-: Yo por lo menos espero aguantar hasta el quinto día, a partir de entonces si muero ya no será tan bochornoso.
- Sí, mataremos a muchos -añadió Gorm secamente.
Kaliena les dedicó una agridulce mirada.
- Manteneros con vida -les pidió antes de darse la vuelta y seguir a sus hermanos de regreso a la abadía.
El frío viento arreció de nuevo en la muralla. Los hombres en ella apostados se cubrieron el rostro para protegerse del gélido elemento. Josuak murmuró otra maldición y su aliento se convirtió en una bocanada de espeso vaho.
- A este paso no hará falta que nos ataquen -se quejó-. Este frío será suficiente para matarnos a todos.
- Puede ser. -Gorm no quitaba los ojos de la explanada de abajo. La negrura seguía siendo infranqueable, pero el gigante parecía poder ver al ejército orko a través de ella.
En ese momento Hilnek, el soldado al mando de la guarnición, se acercó a ellos y empezó a hablar de forma atropellada:
- Nadie hará nada que yo no ordene, no quiero ninguna estupidez, sólo cuando yo lo mande empezaremos a atacar -les dijo, sin dejar de frotarse nerviosamente las manos y echando rápidas miradas a uno y otro lado como si buscase algo-. Sois de los guerreros más fuertes, pero hay varios arcos, por si los sabéis utilizar, pero nada de disparar si yo no lo ordeno. ¿Me oís?, no hagáis nada hasta que yo dé la orden.
Gorm y Josuak no respondieron. El gigante miraba divertido al asustado soldado e incluso llegó a sonreír. Sin percatarse de ello, Hilnek se dio la vuelta y se precipitó hacia otros tres mercenarios que charlaban unos metros más allá.
- Menudo soldadito nos ha tocado -bufó Gorm, olvidándose del militar y concentrándose de nuevo en el exterior.
- Sí, ahora me siento más seguro -bromeó Josuak.
Poco después, el amanecer hizo su aparición. El sol, amortajado por las negras nubes, aclaró el cielo levemente, lo justo para poder vislumbrar la planicie que se extendía a los pies de la muralla. Josuak se encorvó sobre el muro, mirando afuera.
- Parece que no se deciden a... -empezó a decir, pero las palabras murieron en su garganta. Sus ojos se abrieron incrédulos al mirar hacia abajo y el corazón pareció detenerse dentro de su pecho.
La nevada pradera permanecía cubierta por la bruma matutina, aunque, a medida que la mortecina luz fue apartando las sombras, empezaron a descubrirse negros enjambres de achatadas figuras. Los guerreros invasores llevaban toscas armaduras y yelmos, portando estandartes con la insignia de una garra que rasgaba un torreón de piedra. Las roncas voces se podían oír incluso desde lo alto de las almenas, gritos e insultos, mientras alzaban sus armas a modo de desafío. Había miles de orkos, incontables, a pesar de que la niebla aún no permitía ver por completo los alrededores.
Como si una maldición hubiese caído sobre Teshaner, los soldados y los campesinos exhalaron con desazón, el temor acaparando sus sentidos. En silencio, observaron las interminables columnas de guerreros orkos, y tan sólo se escucharon algunas voces que expresaban la desesperanza que reinaba en las almenas.
- ¡No puede ser!
- ¡Son muchos, demasiados!
- ¡Estamos perdidos!
Josuak oyó lloriquear a uno de los campesinos que tenía cerca. Como si de un niño se tratase, el hombre miraba con ojos humedecidos el impresionante despliegue de abajo. En su mano sujetaba una espada corta, pero sus dedos sostenían el arma sin fuerza, a punto de dejar caer la empuñadura. Más allá, un hombre ya veterano se había quedado paralizado, su rostro convertido en una máscara de terror. La mayoría de los milicianos jamás habían entrado en combate, para muchos aquella era la primera batalla. Sin duda, no era una buena contienda para estrenarse como guerreros.
Los ejércitos de abajo continuaron su avance. Los tambores redoblaron como truenos que fuesen a romper el negro cielo en pedazos. Los orkos unieron sus voces con nuevos gritos e insultos, alzando las armas con cada exhalación. Ningún hombre osó responder a la provocación. Ni una sola palabra se escuchó en los bastiones. Los soldados, los mercenarios, los aventureros, los campesinos, todos permanecían en silencio sin poder siquiera murmurar una plegaria a sus dioses.
Los tambores martillearon con más fuerza, los gritos salvajes fueron en aumento, las cimitarras se alzaron creando un mar de acero.

- Hora de luchar -dijo Gorm, agarrando su hacha y sosteniéndola con ambas manos. Josuak asintió tácitamente y desenvainó su espada.

09 diciembre 2013

La caída de Teshaner (XIX)

El capitán Pendrais estaba hablando en ese momento:
- ¿Dragones? –preguntó-. Los dragones ya no existen en Valsorth. No dudo en las palabras de la mujer, pero estoy seguro de que la tensión del momento le hizo confundir las sombras y el humo con la forma de uno de los reptiles alados.
- Tenéis razón –apoyó Lor Omek-. Los dragones fueron eliminados.
Varios asistentes asintieron. Lor Amant agradeció a Kaliena su participación, aunque no prestaron mayor importancia a sus palabras. El siguiente en intervenir fue un pescador que había conseguido llegar a la ciudad siguiendo el curso del río. El hombre explicó cómo él y sus dos ayudantes salvaron la vida milagrosamente después de ser atacados en pleno lecho del río por los orkos. Al acabar su testimonio, el caballero Pendrais pidió permiso para intervenir.
- Por lo que hemos oído aquí y por los informes de los observadores -dijo dirigiéndose a toda la mesa-, los orkos se han establecido alrededor de la ciudad y en las tierras del norte. -varios de los ocupantes de la mesa asintieron con la cabeza-. Lo que me preocupa es que no sabemos exactamente donde están situados-siguió el caballero-. Por lo que ha contado este pescador, cruzar el río puede resultar imposible si esos monstruos han ocupado los pocos pasos que hay de aquí a las colinas.
- Probablemente el paso del Ruiseñor sí que esté vigilado -intervino Lor Omek-. Es el puente más cercano y los orkos querrán evitar que nadie lo cruce.
- No son buenas noticias. -Pendrais esbozó una mueca de disgusto.
- Hay otros puentes más al norte -dijo otro de los miembros de la mesa.
- Sí, pero se tarda una jornada en llegar a ellos -repuso Lor Omek-. Y aventurarse más al norte puede ser muy peligroso. No sabemos si hay más hordas de orkos asentadas allí.
- En ese caso -Pendrais habló a la vez que se ponía en pie-, mis hombres tendrán que abrirse paso por el puente del Ruiseñor, no hay otra solución.
Varios comentarios de alegría procedentes desde los bancos correspondieron a las palabras del caballero. Lor Amant no se molestó esta vez en pedir silencio.
- Los caballeros pueden vencer a los orkos -gritó alguien.
- Sí, un caballero de Stumlad vale por un centenar de esos brutos -añadió otro invitado.
Pendrais se volvió hacia los bancos.
- Los caballeros de Stumlad acabaremos con los invasores -prometió abriendo los brazos para abarcar a todos los asistentes-. El ejército barrerá de la nieve a esas infectas criaturas.
Los invitados prorrumpieron en gritos de júbilo. Incluso alguno de los miembros de la asamblea se puso en pie y dio un enfervorizado apoyo al caballero.
- ¡Venceremos! -gritó uno de los mercaderes.
- Sí, aplastaremos a los orkos -gritó Gorka alzando el brazo como si ya hubiesen conseguido la victoria.
Josuak observó aquel espectáculo sin moverse de su asiento. Los gritos continuaron. El caballero Pendrais volvió a prometer que arrasarían al invasor. Los pies calzados con botas golpearon nerviosos el empedrado suelo. Entretanto, ajeno a los gritos, Lor Amant permanecía sentado en su amplio sillón de madera. Los ojos transparentes del viejo noble no miraban ya nada de lo que había a su alrededor y parecían perdidos en un lugar muy distante.
- Hay un tema que también ha de ser debatido -el que habló fue el Padre Arsman, levantándose con precaución y lanzando una significativa mirada al resto de miembros de la asamblea. El viejo monje aguardó a que el silencio volviese a hacerse en la sala antes de seguir hablando.
- Nos enfrentamos con un ejército inmenso de orkos -dijo con voz serena y calmada-. No sabemos el número exacto, pero está claro que son muchos, muchos más de los que suelen descender de las montañas en sus incursiones de rapiña y pillaje. Sin embargo, a nadie de los presentes parece preocuparle el porqué tan poderosa fuerza ha abandonado sus cuevas para atacar una ciudad amurallada. Ningún clan orko tiene suficiente poder como para unificar al resto bajo su bandera y, dada su naturaleza violenta y estúpida, una alianza nunca hubiese podido durar más allá de unos pocos días. -hizo una pausa y miró directamente al caballero Pendrais-. Quizás, antes de plantearnos cómo luchar contra el enemigo, lo mejor sería saber con certeza quién es nuestro enemigo y a qué fuerzas nos enfrentamos. -dicho esto, el anciano recuperó su asiento y ocultó las manos bajo las amplias mangas de su túnica.
Sus palabras habían caído como un jarro de agua fría sobre los asistentes. Nadie dijo nada, ni los consejeros de la mesa ni la veintena de invitados que ocupaban los bancos.
Lor Amant aguardó unos segundos antes de ser el siguiente en hablar.
- Como siempre, el buen padre nos ha iluminado con su sabiduría -dijo dedicando una breve mirada al religioso-. Sus palabras han sido claras y nos demuestran que quizás el ejército que rodea nuestra ciudad no sea tan sólo el fruto de una alianza orka. Aunque no dispongamos de conocimientos suficientes, no sería descabellado pensar que puede haber alguien más poderoso dirigiendo a los clanes orkos.
- Eso no puede ser -se alzó indignado el caballero Pendrais-. No hay ninguna fuerza o nación en el norte de Valsorth capaz de someter a los clanes orkos y organizarlos. Está claro que nos enfrentamos a un pacto hurdido por las naciones orkas, que se han puesto de acuerdo para intentar masacrarnos.
- No digo que no tenga razón -apuntó Lor Amant-. Pero hay que valorar otras opciones, ya que una alianza entre orkos es algo que jamás se ha visto en nuestros reinos. La única vez que así actuaron fue bajo la tutela de una figura mayor, como todos los asistentes habrán oído contar por nuestros historiadores.
La sala quedó en silencio, sin que nadie se atreviese a alzar la voz. Sabían a quien se refería el Lor, y un nuevo y preocupante nubarrón oscureció sus corazones.
- Eso fue hace mucho tiempo -protestó Pendrais sin dejarse intimidar por el ominoso ambiente que se había adueñado de la estancia-. Si os referís al desgraciado mandato del Rey-Dios, aquello sucedió hace casi doscientos años. El Rey-Dios fue derrotado y con él todas sus tropas. Mis antepasados, capitaneados por el propio Rey Miznuhor, aplastaron al nigromante en la batalla de los nueve días. Todo el mundo sabe eso, así que no levantéis viejos fantasmas que sólo sirven ya para asustar a los niños y a los cobardes -concluyó y volvió a tomar asiento.
Lor Amant mantuvo la calma a pesar de las duras palabras del caballero.
- Puede que sólo sea ya una historia de fantasmas -dijo con voz pausada-. Sin embargo, no hemos de olvidar que aquello sucedió en realidad. Un sólo hombre, corrupto de poder y usando las negras artes de la brujería, consiguió comandar el mayor ejército que ha pisado Valsorth. El Rey-Dios logró poner bajo sus órdenes a todos los orkos del norte, además de gobernar a las terribles razas de trolls e incluso a los todopoderosos dragones. Sí, eso fue hace mucho tiempo, pero no podemos olvidarlo. -el hombre hizo una pausa y centró su mirada en el caballero Pendrais-. Además, no hay datos concretos sobre lo que acaeció al Rey-Dios tras ser derrotado por la alianza entre caballeros de Stumlad y los elfos de Shalanest –añadió remarcando estas últimas palabras-. Por desgracia, la lucha que se desarrolló entre humanos y elfos en los mismos salones del templo impidió saber cual fue el fin del nigromante. Las crónicas de la biblioteca de
Salast cuentan que el Rey-Dios fue detenido, que las tropas humanas y elfas le derrotaron, pero no detallan qué sucedió. -el Lor se volvió hacia los otros miembros de la mesa-. No estoy diciendo que el Rey-Dios esté detrás de esta invasión, no creo eso, pero tampoco estoy tan ciego como para confiar en que ese enorme ejército no sea más que una alianza entre clanes orkos.
Lor Omek tomó la palabra en ese momento:
- Las palabras de Lor Amant han sido claras. Hasta ahora no hemos recibido ningún parlamentario o enviado de las tropas enemigas, por lo que no podemos saber a quien representan o cuales son sus intenciones.
- Sus intenciones son claras; atacarnos -dijo el capitán Gorka con estúpida obviedad.
- Sí, en efecto -asintió Lor Omek-. De momento no han declarado un ultimátum o unos términos exigiendo nuestra rendición. No es lógico. Antes de atacar lo usual es imponer unas condiciones, o al menos indicar los motivos por los que se produce el ataque. Claro que tampoco se puede esperar mucha lógica de esas tribus de brutos -añadió mirando a Lor Amant.
- Puede que primero quieran demostrar su fuerza -dijo entonces una voz profunda.
Todas las miradas se volvieron hacia los bancos de los invitados. Josuak, igual de sorprendido que el resto, miró a su lado, donde Gorm se había puesto en pie, mostrando su impresionante constitución y empequeñeciendo a todos los hombres que había sentados junto a él.
Lor Amant miró al gigante con curiosidad.
- Vaya, aquí tenemos a otro de los mercenarios -dijo e hizo una pausa, recordando-. ¿Gorm? Sí, creo que ese era vuestro nombre.
- Sí, Gorm es mi nombre -respondió Gorm de forma monolítica
- Ya hemos oído vuestra importante participación en ayuda de la hermandad de monjes de Korth -dijo el anciano-. ¿Qué es lo que queréis decir ahora? -preguntó con cierta impaciencia.
Josuak miró incrédulo a Gorm, sin tener ni la menor idea de las intenciones de su compañero.
- Los orkos quieren demostrar su fuerza -dijo de nuevo Gorm.
Hubo alguna risilla entre los asistentes. Lor Amant siguió mirando al enorme ser de piel celeste.
- Sí, eso ya lo habéis dicho, pero ¿a qué os referís? -le preguntó con cierto tono condescendiente, como si hablase con un niño o con un alguien de lento entendimiento.
- Los orkos no dirán lo que quieren… -Gorm hizo una pausa, confuso, miró a un lado y otro de la alargada mesa, y pareció no poder continuar. Al instante, recuperó el habla y siguió-. No dirán lo que quieren hasta que hayan atacado y demostrado que pueden ganarnos. Eso es, cuando hayan atacado y matado a muchos, entonces dirán lo que quieren y vosotros estaréis deseando escucharles.
Gorm acabó de hablar y, tras echar una nueva mirada a derecha e izquierda, volvió a sentarse junto a Josuak y Kaliena. La sala quedó en silencio, las palabras del gigante resonando como un eco en todos los presentes.


04 diciembre 2013

Crónicas de Valsorth - Turno 46

TURNO 46 – Siete de marzo del año 340, Eras-Har.

A la mañana del día siguiente, el grupo partió de Eras-Har con destino al Bosque de la Araña, acompañados de dos mercenarios ya conocidos, Daho, el soldado que formaba parte de su patrulla en la ciudad, y la elfa de los bosques Erisal, con la que Olf había tenido un encuentro poco afortunado una noche en la posada La Jarra y el Pincho.
El grupo había decidido aceptar la misión que les propusieron desde la abadía de ir en busca de los restos del monje desaparecido hace décadas, y fueron a hablar con el capitán Orlant para comunicárselo. El hombre, que se acababa de reunir con sus sargentos para reorganizar las patrullas, después de la detención del sargento Dele’Or, se mostró conforme con que cumplieran ese encargo para la abadía.
-Es un lugar peligroso el Bosque de la Araña –dijo el capitán.
-Sí, el propio nombre ya indica que nos encontraremos con esas alimañas –respondió Olf con suficiencia.
-Y cosas peores –asintió Orlant-. Se dice que entre sus senderos se ocultan entradas a las galerías por donde los elfos oscuros salen de la infraoscuridad. Debéis tener cuidado.
Para ayudarles, les ofrece los servicios de dos mercenarios; por un lado Daho con el que ya han compartido aventuras, y por otro Erisal, la única que ha estado en el bosque con anterioridad.
Después, el grupo fue a la abadía para hablar con el Abad Auril, en busca de información y remedios curativos para el veneno de araña.
-Descubrí la historia de Jocan revisando el dietario del tercer abad anterior a mí –les explicó el viejo religioso-. Parece ser que el monje estaba estudiando una Tabla de Rezos donde se narraba la historia de la huída de Korth al frente de los refugiados de Agna-Anor hacia el oeste. Por ello, entró en el bosque para seguir los pasos de nuestro salvador, pero algo le debió suceder, pues nunca regresó. Y con él se perdió la Tabla.
Por otro lado, Mada, una clérigo experta en alquimia se encarga de ofrecerles remedios curativos, y el grupo compra 2 antídotos para el veneno de araña gigante y 4 pócimas curativas (curan 1d10+6), por un total de 90 mp.
Así, el grupo marcha a caballo durante toda la mañana hacia el oeste, cruzan el puente de piedra sobre el río Durn y llegan al bosque a primera hora de la tarde. Se trata de una espesa aglomeración de altos abetos de hoja negra, que ocupa un valle que se abre en las primeras estribaciones de las montañas Kehalas. Dispuestos a seguir el trayecto que debío realizar Korth y los refugiados, el grupo se adentra por un sendero del este hacia el interior del bosque. Se trata de un camino abrupto y serpenteante, que discurre entre los enormes y altos troncos de los árboles, mientras que infinidad de nudosas raíces surgen de la tierra y matorrales plagados de espinas ocupan los márgenes. Una vez se adentran en la frondosidad, la oscuridad se cierne sobre ellos, ya que en el lecho apenas alcanza la luz del sol, mientras un silencio sepulcral reina entre las copas.
Tras avanzar durante un par de horas por un laberinto de senderos, dirigiéndose hacia el norte del bosque, el grupo llega a un claro. Al ir a investigar posibles huellas, un ruido les alerta, antes de ser atacados por media docena de orkos que yacían apostados entre los árboles. Los aventureros acaban con facilidad con los orkos, y Olf interroga con pocos miramientos al último de ellos.
-Estamos siguiendo a unos sucios humanos como vosotros –balbucea el orko en su lengua, que Erisal conoce-. Se trata de hombres de armadura como tú. -señala al paladín Fian-. Les perseguimos desde las montañas, donde matamos a muchos y quemamos su fortaleza. No quedan más de diez y se refugiaron en el bosque y ahora les estamos cazando…
Tras dar muerte al orko, el grupo sospecha que algo terrible ha debido pasar en Fuerte Terain y que quizás son Dobann y sus caballeros los que son perseguidos por los orkos.
Con esta información, pasan la noche en el claro, durante la guardia de Olf y Erisal descubren una luz azulada que se proyecta en el cielo durante unos segundos. Ninguno de los dos saben lo que es, pero calculan que la luz surgió de unos pocos kilómetros al norte de su posición. Durante la guardia, Olf charla con la elfa, y la indiferencia de ella cede ante las palabras de Olf, sobre todo después de haberle visto masacrando orkos.
Por la mañana el grupo sigue su búsqueda por el bosque, tratando de llegar al punto donde habían visto el rayo de luz. Así, tras varias horas recorriendo senderos, alcanzan un gran claro que se abre alrededor de un gigantesco olmo, de aspecto milenario y raíces gruesas que sobresalen de la hierba. Entre las gruesas raíces del olmo, se adivinan unas cavidades oscuras, por donde puede entrar un hombre.
Orun investiga las ramas del olmo y descubre varios bulbos que cuelgan de las ramas, capullos de cría de araña. Él y Olf se adentran en el claro, para investigar las huellas, y descubren el rastro de unas pisadas livianas, como de elfos. Pero en ese momento, una araña de un tamaño descomunal se desprende colgando de un filamento y cae sobre Olf, atrapándole con sus patas peludas y dispuesta a tirar hacia arriba con su presa. Orun reacciona saltando sobre el cuerpo hinchado y ponzoñoso de la alimaña, mientras que Fian agarra una de las patas para evitar que la criatura escape con su amigo. El paladín gracias a su fuerza, retiene a la araña el tiempo suficiente para que Orun use sus espadas para cortar el hilo de telaraña. La sabandija cae en el claro y retrocede, mientras recibe los ataques del grupo y se lanza sobre Fian, clavándole sus mandíbulas chorreantes de veneno. El paladín retrocede y bebe uno de los antídotos antes de sufrir los efectos.
En ese instante, una nueva araña cae de la cúpula arbórea y aprisiona a Mirul. Mientras acaban con la primera araña, Olf se vuelve y cargando con furia se lanza sobre la criatura antes de que pueda llevarse a la elfa. El bárbaro descarga un tremendo hachazo en la cabeza de la araña, que estalla salpicando con su sangre verdosa alrededor.
En medio del caos del combate, una tercera araña ataca a Erisal, pero el grupo logra detenerla, y esta criatura cae bajo los ataques combinados de todos y recibe el golpe final del bárbaro.
Una vez terminada la dura lucha, el grupo investiga las oquedades bajo el tronco del olmo. Allí encuentran un espacio donde hay una pila de huesos y restos de los pobres desdichados que cayeron bajo las arañas. Entre ellos, encuentran el hábito de un monje, y entre sus cosas se halla una tablilla de arcilla con viejas inscripciones. Se trata de la tabla de rezos.
Mientras se disponen a alejarse de ese lugar, un ruido les alerta. Tres figuras aparecen por el sendero del norte, resoplando sonoramente. Se trata de tres hombres vestidos con armaduras, con aspecto agotado y vendajes cubriendo alguna herida. Al frente camina un hombre que blande una pesada espada de doble puño. Se trata del capitán Dobann. Su rostro se ilumina por la sorpresa al ver a los aventureros, pero en vez de saludarles, simplemente les alerta mientras corre hacia ellos:

-¡Nos persiguen!

02 diciembre 2013

La caída de Teshaner (XVIII)

El mercenario se aclaró la garganta y pasó a relatar de forma breve su expedición al norte y el hallazgo del arrasado pueblo de leñadores. No omitió detalle sobre el horror que allí encontraron Gorm y él, ni sobre la fosa común repleta de huesos que había dentro de una de las cabañas.
Los rostros de los asistentes se tiñeron de pesar al oír la trágica historia. Alguno de ellos llegó incluso a susurrar una oración al escuchar el horrible destino que habían sufrido los leñadores y sus familias.
Únicamente el capitán Gorka se mantuvo impasible y se limitó a murmurar al oído de uno de sus ayudantes una vez Josuak acabó de narrar su historia.
- ¿Qué tienes esto que ver con lo que ha explicado la mujer? –se quejó un hombre.
- Muchas de las cabañas habían sido calcinadas –replicó Josuak-. También encontramos varias marcas de garras, de un tamaño demasiado grande para pertenecer a un animal común. En ese momento no supe qué podía haber causado esa destrucción. Después de oír las palabras de Kaliena empiezo a pensar que pudo ser un dragón.
El mercenario, tras decir la última palabra, se dispuso a retirarse a su puesto. Sin embargo, el caballero de Stumlad le detuvo.
- Esperad, me gustaría haceros una pregunta -dijo Pendrais.
Josuak miró al veterano caballero y aguardó a que éste formulara sus inquietudes.
- Veréis, hay alguna cosa que no entiendo en vuestra historia -dijo Pendrais, haciendo una larga pausa de forma que sus palabras atrajeron la atención de todos los asistentes. Un silencio absoluto se hizo en el amplio salón y sólo se rompió cuando caballero volvió a hablar-. Si regresasteis de las colinas hace más de una semana -hizo una nueva pausa y clavó su mirada en los ojos de Josuak-, ¿cómo es que no informasteis de lo que encontrásteis? Sin duda era una clara señal de alerta y vuestro deber era comunicarlo a la milicia de la ciudad.
- Así lo hice -repuso Josuak con tono gélido.
- ¿Cómo? -el caballero miró hacia Lor Amant-. ¿Sus señorías los Lores conocían estas noticias y no me informaron? -preguntó sin disimular cierto agravio en su voz.
- No, yo no sabía nada de todo ésto hasta hoy mismo -negó el viejo noble.
Todos los ojos se volvieron hacia Josuak, incluidos los del capitán Gorka, que brillaban con odio contenido. El mercenario sostuvo brevemente la mirada del mando de la milicia, pero al instante se dirigió de nuevo hacia Lor Amant.
- Nada más volver de nuestra expedición -explicó sin variar su frío tono-, mi compañero y yo fuimos a los cuarteles de la milicia para informar de lo que habíamos encontrado. Yo mismo expliqué al capitán Gorka todo lo que aquí acabo de contar.
Josuak no dijo más. La atención de los asistentes se centró entonces en el capitán de la milicia, que como un resorte se puso en pie y empezó a bramar lleno de indignación.
- ¡Mentira, eso es mentira! -gritó, los ojos inyectados en sangre y su cuello tenso por la furia-. No fui informado por este vagabundo -dijo con despecho-. No recibí ningún informe sobre este tema, pues en caso de haberlo hecho, hubiese corrido a alertar a sus señorías los Lores. Repito que todo es una gran burla de este harapiento mercenario, que trata de ocultar su cobardía echando la culpa sobre la milicia de la ciudad.
Un revuelo de voces y gritos se elevó en el salón. El capitán Gorka pareció dispuesto a saltar sobre Josuak y empezar una reyerta allí mismo. Varios de sus hombres que aguardaban junto a la mesa lo retuvieron. El mercenario permaneció en calma, de pie ante la mesa, sin que los insultos alterasen su serio semblante.
- ¡Basta! -gritó Lor Amant, aporreando la mesa para imponer su voz-. ¡Silencio he dicho!
Una tensa espera se formó en la estancia. Las miradas se entrecruzaron, interrogantes unas, otras reflejando odio. Josuak sostuvo sin pestañear el silencioso desafío de Gorka, quien acabó echándose hacia atrás en su sillón, sin dejar de mesarse con mano nerviosa la barba.
Lor Amant volvió a hablar, esta vez dirigiéndose al capitán de la milicia.
- Capitán Gorka, ¿estáis seguro de que este hombre no avisó a alguno de vuestros soldados? Puede ser que hablara con un miliciano y que éste no os informase de ello.
- No, señor -negó Gorka con un hablar respetuoso que contrastaba con el enfado de un momento antes-. Ninguno de mis hombres recibió a este vagabundo, ya que en caso de haber sido así, yo hubiese sido el primero en enterarme.
- Bien, gracias capitán. -el Lor se volvió hacia Josuak. Sus ojos cristalinos escrutaron al hombre, como si con ellos pudiese vislumbrar su interior-. Habéis realizado una acusación, una acusación muy grave sobre el máximo dirigente de la milicia de la ciudad. -el anciano pronunció las palabras con lentitud, demostrando con ello su importancia-. ¿Seguís afirmando que avisasteis a la milicia sobre la masacre del pueblo de leñadores?
Josuak no dudó un instante en responder:
- Así es, informé en persona al capitán Gorka -dijo sin mirar siquiera al mando de la milicia.
Los murmullos renacieron en los bancos de los invitados. Lor Amant alzó la mano para detenerlos y evitar que un nuevo tumulto estallase en el salón.
- ¿Tenéis algún testigo que confirme vuestras palabras? -preguntó el Lor a Josuak.
- Varios miembros de la milicia nos vieron en los cuarteles -afirmó éste-. Aunque cuando hablé con el capitán nadie más oyó nuestra conversación.
- ¡Lo ven, no es más que una mentira! -Gorka se puso en pie, colérico, y se encaró con el mercenario-. ¡Todo esto no es más que una sarta de embustes! -uno de los soldados agarró del brazo a su mando para que no saltara por encima de la mesa.
- ¡Basta! -Lor Amant cortó la disputa volviendo a golpear la mesa. Su mandato detuvo a Gorka, que permaneció en pie sin atreverse a llevar más allá su enfado. Una vez restablecido el silencio, el noble anciano se dirigió hacia Josuak, quien aguardaba frente a la mesa sin exteriorizar ninguna emoción.
- No es momento de discutir este asunto –dijo el noble-. La ciudad tiene otros problemas más acuciantes. Puede retirarse.
- ¡¿Cómo?! -protestó Gorka desde su puesto-. ¡Este asunto ha de resolverse ahora!
Lor Amant no prestó atención a las quejas del capitán e indicó con la mano a Josuak que se alejara. El mercenario se despidió con una reverencia y retrocedió hasta el banco donde se sentó al lado de Gorm.
Al ver la indiferencia del Lor, Gorka cesó en su empeño y volvió a ocupar su asiento, eso sí, bufando y sin dejar de murmurar con gesto hosco. Josuak, por su parte, se relajó un poco al recuperar el anonimato entre los invitados.
- Has hablado bien -le dijo Gorm en voz baja.
El aventurero miró sorprendido a su compañero; el musculoso gigante aparecía grande como una montaña entre los humanos. La serenidad que transmitía su rostro era total, contrastando con los crispados rostros del resto de asistentes.
- Gracias -respondió en un susurró, sin poder evitar bosquejar una sonrisa. Sí, el gigante era el más calmado de la asamblea, quizás porqué era al único al que nada de todo aquello le importaba. Gorm sabía todo lo que tenía que saber: Había un ejército alrededor de la ciudad, la guerra empezaría pronto y él lucharía contra sus odiados orkos. Eso era lo único que le importaba.

r con� q � ��� �� itando mirar directamente a ninguno de los miembros de la mesa-. Varios de mis hermanos y yo misma abandonamos la abadía para descender de las montañas y venir a Teshaner. -a continuación, Kaliena explicó el repentino ataque de los orkos y la caída del monasterio. Los asistentes escucharon en silencio la historia, sin decir ni una palabra y tan sólo realizando algún gesto de preocupación o rabia al oír el trágico fin de muchos de los religiosos.

Josuak escuchó sin mucha atención una historia que ya le era conocida, cuando la mujer explicó algo que le sorprendió.
- No he contado esto antes porque en aquel momento pensé que mis sentidos me habían traicionado –dijo la mujer, bajando la mirada-. Sucedió al dejar atrás el monasterio. Mientras huíamos, sentí un terror irracional, como si una invisible garra se hubiese cerrado sobre mi cuello. Me detuve un instante y me volví para mirar atrás. Por un momento todo pareció quedar en calma. Un instante después, las columnas de humo que se alzaban en el cielo se abrieron y una figura alada se lanzó sobre los restos de la abadía. Apenas pude verlo, y pensé que no era más que una alucinación. Era una criatura de escamas negras y alas membranosas, que abrió unas fauces repletas de colmillos y arrasó con un aliento de fuego a un grupo de clérigos que luchaban en lo alto del campanario. –la mujer hizo una pausa antes de concluir-. Era un dragón.
Un murmullo de asombro resonó en la sala al escuchar las palabras de la muchacha. Varios asistentes protestaron en voz alta, argumentando que era imposible, que los dragones habían desaparecido hacía más de cien años. Kaliena se mantuvo firme y siguió hablando:
- En un principio pensé que no había sido más que un producto de mi imaginación. Sin embargo, quiero que escuchen las palabras de uno de los aventureros que nos ayudaron a escapar de esa matanza. –acto seguido, Kaliena invitó a Josuak a levantarse y tomar la palabra.




25 noviembre 2013

La caída de Teshaner (XVII)

En ese instante, Lor Amant se puso en pie y con voz queda rompió el largo silencio que reinaba en el salón desde la llegada de los tres Lores.
- Muchas gracias a todos ustedes por venir a esta reunión -dijo, las palabras sonaban quebradas en su garganta. Tras este breve saludo el anciano tragó saliva con dificultad y pudo continuar hablando-. Sé que todos estamos muy ocupados, pero la situación de urgencia en que nos encontramos obliga a actuar con la máxima premura. -se detuvo de nuevo y dedicó una larga mirada a todos los invitados. Sus ojos vidriosos y enrojecidos pasaron cansinamente de uno en uno de los consejeros sentados a la mesa-. Hemos pedido vuestra presencia aquí para encontrar una explicación a lo sucedido esta tarde, para saber quién son y de dónde ha salido ese ejército que se ha aposentado a las puertas de la ciudad. Entre todos debemos buscar la verdad y hallar una solución para este grave problema.
El viejo Lor pareció dispuesto a decir algo más, pero tras un instante de duda, acabó sentándose de nuevo en su sillón e hizo un gesto a Lor Omek para que continuara. El joven señor se puso en pie y apoyó las manos sobre la mesa, como tratando de reforzar sus palabras.
- Todos ustedes han visto al numeroso ejército al que nos enfrentamos -dijo con voz pausada, aunque sin poder disimular cierto nerviosismo-. Corren rumores de que la horda de orkos es inmensa, decenas de miles se rumorea. Nuestros observadores nos han asegurado que eso es una exageración; no hay tantos enemigos alrededor de la ciudad.
- ¿Y cuántos son en realidad? -preguntó un rico e influyente mercader desde uno de los extremos de la mesa.
Lor Omek miró al hombre y una mueca de enfado se adivinó en sus finos rasgos.
- No se puede precisar con exactitud –respondió, dejando de mirar al comerciante-. Lo que es seguro es que se trata de un gran ejército, mucho mayor del que podemos hacer frente con nuestra milicia.
Un quedo murmullo recorrió los bancos de los invitados al oír las palabras del Señor.
- Sin embargo, no hay que desesperarse -repuso éste alzando una mano para detener los comentarios-. Las murallas de la ciudad son altas y resistentes, y con nuestros valerosos soldados defendiéndolas serán inexpugnables para esas bestias primitivas y salvajes. -dicho esto, se dirigió hacia Gorka-. Nuestro Capitán, aquí presente, me ha informado que podemos contar con un millar de soldados en plenas condiciones, eso sin tener en cuenta a todos los ciudadanos que ya han pedido unirse a la milicia.
Gorka asintió con la cabeza aprobando las palabras del noble.
- Por desgracia, no podremos resistir eternamente -continuó Lor Omek-. Es por ello que debemos buscar una solución más allá de nuestras murallas. Por suerte, un destacamento de caballeros de Stumlad se encuentra acampado a unos pocos días al oeste. Me gustaría presentarles al Capitán Pendrais de Stumlad.
El noble invitó con un gesto al veterano caballero y éste se levantó de su asiento para realizar una reverencia en señal de saludo.
- Me hubiese gustado presentarme en otras circunstancias -dijo con voz profunda y seca-. Mi presencia aquí es puramente fortuita. En realidad, mi destacamento y yo nos dirigíamos hacia el sur. Al pasar cerca de Teshaner, mi guardia personal y yo nos desviamos para traer unos mensajes de Su Majestad el Rey Edoar para los dirigentes de esta ciudad. -el hombre dirigió una mirada al anciano Lor Amant, quien le respondió con un asentimiento de cabeza-. Pero, tras los graves sucesos acaecidos hoy, he decidido alterar nuestras prioridades. -el caballero realizó una pausa, casi disfrutando de la tensión que sus palabras habían creado entre los asistentes-. Nuestra misión en el sur puede esperar. Por tanto, ordenaré a mis caballeros que se dirijan hacia aquí y nos ayuden a arrasar a esos monstruos.
Todos los invitados no pudieron evitar prorrumpir en gritos de alegría y alivio. Algunos, rompiendo el protocolo y los bueno modales, se pusieron en pie y llegaron incluso a aplaudir.
- ¡Nos ayudarán! -gritó uno.
- ¡Gracias, gracias, gracias! -no paraba de decir otro.
Josuak miró desde su asiento a los enfervorizados hombres. Gorm y Kaliena también mantuvieron la calma y permanecieron en silencio.
- Por favor, por favor. -el caballero Pendrais alzó una mano enguantada en cota de malla para acallar los gritos-. Es nuestra obligación proteger a todos los territorios adheridos a nuestra corona. El honor de Stumlad está en entredicho si hordas de orkos osan atacar a nuestros aliados. Por ello, debo pedir calma y tranquilidad; los caballeros lucharemos y expulsaremos al enemigo.
Nuevamente los gritos renacieron en los bancos. Los hasta hacía un instante asustados asistentes vieron renacer la esperanza en las seguras palabras del caballero.
- ¿Cuándo llegarán los refuerzos? -preguntó una voz anónima desde los bancos.
El capitán apaciguó de nuevo a los invitados con su mano antes de responder.
- Mi destacamento no se haya lejos de aquí, a no más de cuatro o cinco jornadas a caballo.
- ¿Cinco días? ¡Eso es mucho tiempo! -exclamó otro invitado y varios más se quejaron de lo lejos que se encontraba el ejército.
Ante el revuelo desatado, Lor Amant se levantó de su asiento.
- ¡Silencio todos! -bramó, su frágil voz convertida en un chillido. Al momento, el silencio más absoluto se hizo en los bancos. El anciano noble dirigió una furibunda mirada a los asistentes-. Esto no es la plaza del mercado -les recriminó-. Han sido invitados a esta reunión pero no están autorizados a hablar a menos que se les pregunte. A la próxima interrupción haré que los soldados los echen a patadas y así quizás podamos conversar con tranquilidad.
Nadie respondio, nadie osó siquiera levantar la cabeza. Como si de unos niños recibiendo una reprimenda se tratase, los invitados guardaron silencio y esperaron a que el noble dejara de escrutarles con la mirada.
- Puede continuar -dijo entonces Lor Amant al capitán Pendrais.
- Como ya he dicho -repitió el caballero-, mi destacamento se encuentra a tan sólo cinco días de las puertas de la ciudad. Es por ello que enviaré mañana mismo a varios de mis hombres para que avisen al resto de nuestras tropas.
- ¿Cómo dice? -preguntó la señora Selvil, llevándose una rechoncha mano a los labios en señal de preocupación-. ¿Acaso el ejército de los caballeros no conoce la existencia de la horda de orkos?
- Es muy probable que en unos días lo sepan -contestó calmadamente Pendrais-. Sin embargo, no podemos perder el tiempo esperando. Será mejor enviar a varios mensajeros que les alerten y les lleven mi orden de socorrer la ciudad.
La señora Selvil no dijo más, aunque el temor no había desaparecido de sus ojos.
- Todo eso es muy interesante -intervino entonces Lor Amant-. Aunque, antes de decidir cual será nuestro plan de acción, es conveniente que oigamos a algunos invitados que se han encontraron con los orkos anteriormente.
El viejo se volvió hacia los bancos y buscó hasta dar con Kaliena.
- Hay una monje de la hermandad de Korth a quien quiero que escuchen -dijo el anciano Lor-. Es una de los pocos supervivientes del monasterio que había en las montañas. Por favor, hermana Kaliena, levántese y acérquese a la mesa.
Josuak vio cómo Kaliena respiraba profundamente y, con un gesto de extrema seriedad, se levantó y caminó hasta situarse ante la mesa. Una vez allí, esperó a que Lor Amant le hiciera un gesto para iniciar su relato.
- Todo sucedió hace menos de una semana -dijo la mujer con voz átona y evitando mirar directamente a ninguno de los miembros de la mesa-. Varios de mis hermanos y yo misma abandonamos la abadía para descender de las montañas y venir a Teshaner. -a continuación, Kaliena explicó el repentino ataque de los orkos y la caída del monasterio. Los asistentes escucharon en silencio la historia, sin decir ni una palabra y tan sólo realizando algún gesto de preocupación o rabia al oír el trágico fin de muchos de los religiosos.
Josuak escuchó sin mucha atención una historia que ya le era conocida, cuando la mujer explicó algo que le sorprendió.
- No he contado esto antes porque en aquel momento pensé que mis sentidos me habían traicionado –dijo la mujer, bajando la mirada-. Sucedió al dejar atrás el monasterio. Mientras huíamos, sentí un terror irracional, como si una invisible garra se hubiese cerrado sobre mi cuello. Me detuve un instante y me volví para mirar atrás. Por un momento todo pareció quedar en calma. Un instante después, las columnas de humo que se alzaban en el cielo se abrieron y una figura alada se lanzó sobre los restos de la abadía. Apenas pude verlo, y pensé que no era más que una alucinación. Era una criatura de escamas negras y alas membranosas, que abrió unas fauces repletas de colmillos y arrasó con un aliento de fuego a un grupo de clérigos que luchaban en lo alto del campanario. –la mujer hizo una pausa antes de concluir-. Era un dragón.
Un murmullo de asombro resonó en la sala al escuchar las palabras de la muchacha. Varios asistentes protestaron en voz alta, argumentando que era imposible, que los dragones habían desaparecido hacía más de cien años. Kaliena se mantuvo firme y siguió hablando:
- En un principio pensé que no había sido más que un producto de mi imaginación. Sin embargo, quiero que escuchen las palabras de uno de los aventureros que nos ayudaron a escapar de esa matanza. –acto seguido, Kaliena invitó a Josuak a levantarse y tomar la palabra.




22 noviembre 2013

Más ilustraciones libro avanzado

Posiblemente, muchos de vosotros lo habréis visto en las redes sociales, pero para aquellos que no, aquí tenéis nuevas ilustraciones que acompañarán el Libro Avanzado de El Reino de la Sombra.
En ellas vemos, a un guerrero usando su dote desafío ante un troll.



También a un hechicero conjurando unos tentáculos oscuros para apresar a sus rivales.


Y a un mago desatando su poder sobre los elementos.






20 noviembre 2013

Crónicas de Valsorth - Turno 45

TURNO 45 – Seis de marzo del año 340, Eras-Har.

Con el nuevo día, Fian se dirige a la abadía de Sant Foint, para ofrecer sus servicios. Allí, después de saber que el paladín ha ayudado a la ciudad en el reciente caso de corrupción de uno de los sargentos de los Yelmos Negros, le ofrece una misión en concreto.
- Necesitamos fieles como vosotros, dispuestos a defender con bravura nuestras ideas. -os dice el religioso antes de proponeros una misión-. Se trata de recuperar las Tablas de Rezo, objetos de los antiguos clérigos de nuestra orden que fueron perdidos en los días antiguos. Abad Auril, líder de este templo, ha estado estudiando en los viejos volúmenes y ha descubierto que una de las tablas desapareció en el Bosque de la Araña, cuando el clérigo que la custodiaba fue atacado durante un viaje. Esos objetos son sagrados para nosotros y sería un gran servicio a nuestra orden si pudierais devolver las tablas al templo. Según lo viejos volúmenes, hace más de cuarenta años, el clérigo Jocan custodiaba la Tabla de Rezos. Dedicado al estudio, partió hacia el bosque de la Araña para examinar las raras plantas que allí crecen.
Fian le indica al monje que le propondrá la misión a sus compañeros y vendrá con una respuesta. A su vez, aprovecha para ir a ver al Abad Auril, al que pregunta sobre el colgante que encontró en el cadáver del elfo oscuro.
- Os veo muy interesado por los elfos oscuros –le explica el religioso-. Este colgante es un símbolo de Izz, la diosa de esta raza de herejes. Es una diosa malvada y corrupta, que promueve el uso de venenos y otras sustancias para eliminar a los hombres que se guían por la palabra de Korth.

Tras esta reunión, Fian regresa al fuerte de la milicia, donde se reúne con sus compañeros para decidir qué hacer con el ofrecimiento que les han hecho.


18 noviembre 2013

La caída de Teshaner (XVI)

Las puertas de la muralla que rodeaba la hacienda de los Lores se abrieron ante Josuak y Gorm. El mando de los milicianos ocupados de salvaguardar la entrada miró con ojos desconfiados al hombre y al rudo gigante que le acompañaba. En el rostro del guardia se advertía su contrariedad al tener que abrir las puertas para aquellos dos bribones, pero las instrucciones del Capitán habían sido claras respecto a los asistentes a la reunión y esos dos indeseables estaban en la lista de invitados. De tal forma, no tuvo más remedio que echarse a un lado y dejarles pasar, enojándose aún más al descubrir una socarrona mirada en el hombre de largo y oscuro cabello.
- Malditos perros falderos -murmuró Josuak una vez pasaron la puerta, y lanzó una rápida y despreciativa mirada a los soldados. Algunos de los rostros de los milicianos le eran vagamente familiares, de haber coincidido en alguna patrulla hace años, aunque apenas se acordaba de ellos.
Gorm no hizo ningún comentario. El gigante se quedó paralizado apenas pisó el jardín de la hacienda.
- Por la gran montaña de Orn -pudo decir apenas, mudo de asombro ante el espectáculo que se desplegaba ante sus ojos.
El jardín consistía en una cuadrada extensión de césped, atravesada por setos recortados con mimo que delimitaban sendos paseos. Flores diminutas y de pálidos colores adornaban cual lejanas estrellas los bordes del camino, empedrado en losas blancas, mientras que una fuente de piedra bañaba con un riachuelo cristalino el centro del jardín. La nieve caída durante la mañana había sido apilada junto a los muros, sobre los cuales, en cada uno de los cuatro puntos cardinales, se alzaba la mansión de uno de los Lores de Teshaner. Eran magníficas construcciones de piedra pulida, con grandes ventanales y balcones, cubiertos por cortinajes de seda que tan sólo permitían imaginar la suntuosidad y el lujo que se ocultaba tras ellos. Cada uno de los edificios se alzaba en una estrecha torre, coronada por una afilada punta de color encarnado que brillaba a pesar del negro atardecer que se cernía sobre la ciudad.
- Parece que los Lores no se privan de nada -dijo Josuak, mirando también enderredor y, aunque sus palabras no lo expresaban, en sus ojos se intuía cierto asombro.
Los jardines estaban poco concurridos; apenas una decena de guardias patrullaba entre los setos y algún que otro criado se apresuraba en cumplir con su cometido. Josuak tardó unos segundos en descubrir a Kaliena apoyada en una de las columnas del pabellón que había cerca de la muralla oriental. La mujer iba vestida con una capa de piel que la cubría por completo, dejando libre su largo pelo azabache que ondeaba mecido por el viento. Al ver acercarse a los dos mercenarios, los ojos azules de la mujer brillaron levemente.
- Ya habéis llegado -les saludó con un tono gélido como el clima del anochecer, sin que su pálido rostro expresara la menor emoción.
- Sí, ya estamos aquí -respondió Josuak mientras seguía observando a su alrededor-. Bonito jardín tienen los Lores. Mucho dinero habrá costado a las arcas de la ciudad construir este lugar para que sólo las familias de los dirigentes puedan disfrutar de él.
- No creo que sea el momento de discutir sobre las diferencias sociales -le cortó Kaliena y, al momento, se apartó de la columna para volverse hacia la doble puerta del pabellón-. Será mejor que entremos, la mayoría de los invitados han llegado ya. –dicho esto, subió los pocos peldaños que conducían a la entrada del edificio.
Josuak musitó una maldición y miró a Gorm. El gigante se encogió de hombros y siguió a la mujer. El hombre renegó de nuevo antes de adentrarse también en el pabellón.
Dos soldados montaban guardia flanqueando la puerta. Tras saludarles, Kaliena guió a Gorm y Josuak por un alfombrado pasillo hacia la gran sala que se adivinaba al fondo. El murmullo de voces y conversaciones que llegaban desde la estancia acompañó los pasos del silencioso trío por el largo corredor.
Era un gran salón de paredes de piedra gris y altos techos cruzados por vigas de madera. Una veintena de invitados charlaba en reducidos grupos, sin levantar la voz y lanzando fugaces miradas hacia la puerta. Había ciudadanos de muy diferente índole, desde ricos e influyentes comerciantes hasta algún representante de la milicia. Josuak reconoció con desagrado al capitán Gorka, que fanfarroneaba junto a un par de sus hombres.
Kaliena se encaminó hacia dos ancianos religiosos que esperaban cerca de la gran mesa que ocupaba el centro de la estancia, frente a la que se alineaban los bancos para los invitados menos importantes.
- Buenas tardes, padre, hermano -saludó respetuosamente la mujer inclinándose brevemente ante los dos clérigos, envueltos ambos en el tradicional sayo de su orden.
- Oh, Kaliena, al fin has llegado. -el más viejo de los monjes le devolvió el saludo y le dedicó una sonrisa, entrecerrándose sus ojos durante un instante. Al momento, se fijó en los dos guerreros que acompañaban a la muchacha y su sonrisa se esfumó.
- Estos son los mercenarios que nos ayudaron a escapar del Paso del Cuenco -se apresuró en explicar Kaliena, adelantándose a la pregunta del clérigo e invitando con la mano a Josuak y Gorm para que se acercaran.
- Os presento al padre Arsman y a Frau Alfres –les dijo. Los dos religiosos saludaron con una inclinación de cabeza para al momento devolver sus miradas hacia Kaliena.
- Veo que en tu viaje hiciste extraños aliados, hermana -dijo el padre Arsman, tiñendo de un cierto desprecio sus aparentemente inocentes palabras.
- Gracias a ellos, mis hermanos y yo salvamos la vida en las colinas de Terasdur -repuso la mujer en defensa de sus compañeros de viaje-. Fueron valientes y lucharon contra los monstruos que arrasaron nuestro monasterio.
- Sí, hermana, nadie duda de su valía -asintió cansinamente el viejo-, pero no me negarás que son ciertamente... -el hombre buscó las palabras- peculiares -dijo al fin, como si Josuak y Gorm no pudiesen oírle.
- Si no te gustan los gigantes -empezó a decir con rudeza Gorm, dando un paso al frente y mostrándose enorme ante el pequeño monje. Josuak posó con rapidez su mano sobre el pecho de su amigo y le retuvo antes de que continuara hablando.
- Tranquilo, Gorm -dijo esbozando una sonrisa-. El padre Arsman no pretendía ofendernos. ¿Verdad que no, padre? -la sonrisa del mercenario se mantuvo inalterable, aunque sus ojos lanzaron una velada advertencia-. ¿Verdad, padre? -repitió la pregunta.
- Por supuesto -afirmó el padre Arsman-. Nada más lejos de mi intención que faltar al respeto de los valerosos héroes que salvaron a mis hermanos. -el hombre se dio la vuelta-. Bueno, creo que es hora de ocupar nuestro puesto en la mesa del consejo -le dijo a Kaliena y, junto con Frau Alfres, se encaminó a cortos pasos hacia la mesa alrededor de la cual los miembros consultivos iban tomando asiento. Kaliena llevó a sus dos acompañantes a los bancos y se aposentaron en la primera fila.
Las conversaciones continuaron entre los asistentes hasta que tres figuras hicieron su aparición en la estancia. Al instante, las voces cesaron y todo el mundo observó en silencio cómo los tres recién llegados cruzaban el salón para ocupar los asientos del centro de la mesa. Eran los Lores de Teshaner, los representantes de las tres familias más poderosas e influyentes de la ciudad.
El primero era un anciano encorvado y de frágil constitución llamado Amant, que iba vestido con un abrigo de piel con amplias bandas de cuero cruzando su cintura. El hombre tenía unos ojos casi transparentes, sin cejas o pestañas, y que unido a lo pálido de su rostro le conferían un aspecto débil y moribundo. A su derecha se sentó una oronda mujer ya entrada en años. Era Selvil de Hayol, la matriarca de una poderosa familia de comerciantes. Su corpulencia contrastaba con la delgadez del viejo Lor Amant, ocupando la mujer por completo el sillón de madera. Su rostro era redondo, de fofo cuello y con unos ojos que eran apenas dos diminutos puntos. Un rico vestido de seda roja y adornos dorados era su indumentaria, completada con una infinidad de collares que caían sobre su abultado pecho. El tercer Lor ocupaba el asiento a la izquierda de Lor Amant. Se trataba de Lor Omek, un joven de rizada y rubia cabellera, cuyos rasgos ambiguos y finos causaban multitud de suspiros entre las damas de mejor condición. Era alto y delgado, vistiendo con sumo gusto una chaqueta de ante azul y unas calzas grises. Un pañuelo blanco anudado al cuello era el único adorno de su indumentaria. Un cuarto sillón permanecía vacío junto a Omek. Se trataba del asiento de la familia Luruian, que había caídos en desgracia con la muerte de su patriarca, asesinado un año atrás. Sentados a la mesa, además de los Lores, había una decena de personas en total. El Capitán Gorka ocupaba con visible orgullo uno de los asientos. El Padre Arsman también tenía un sitio en la mesa principal, así como varias personalidades más. Entre ellos destacaba la imponente figura de un caballero de Stumlad. El hombre era el capitán de la guarnición recién llegada a la ciudad. Vestía la misma armadura con la que había desfilado por las calles a su entrada en Teshaner, mientras su puntiagudo casco reposaba sobre la mesa a su lado. El rostro sereno del caballero emanaba una absoluta confianza y seguridad. Era un hombre veterano, con el cabello oscuro y liso ribeteado de canas plateadas. Sus ojos castaños permanecían perdidos en algún lugar del fondo del salón, ausente a pesar del importante debate que iba a comenzar.



15 noviembre 2013

Crónicas de Valsorth - Turno 44

TURNO 44 – Cuatro de marzo del año 340, Eras-Har.

El grupo se presenta a primera hora en el patio de la fortaleza de los Yelmos Negros para su guardia diaria. Dele’Or les encarga vigilar la plaza del mercado, y a eso se dedican durante la mañana, tan sólo teniendo que intervenir en un caso de un ladrón que trata de hacerse con las ventas de un alfarero.
Por la tarde, un soldado aparece e informa al sargento de un crimen. La patrulla se dirige a la posada Cielo del Norte, donde se encuentran con dos Yelmos Negros que vigilan la puerta. En el interior, hay una veintena de clientes, que aguardan a un lado, mientras que en el centro de la estancia yace el cuerpo de un hombre vestido con ropas baratas de cuero. El sargento pregunta por lo sucedido, y el dueño de la posada explica la historia:
- Todo empezó cuando Faese –dice señalando al cadáver- se encaró con otro cliente. Empezaron a discutir, y la cosa hubiese llegado a mayores si yo no llego a intervenir. Al llegar los soldados, Faese se calmó y siguió bebiendo en su mesa. Pero, de pronto, se derrumbó sobre el suelo. Al acercarme, ya estaba muerto.
Tras investigar en la posada, Mirul encuentra señales en el cadáver de que ha sido envenenado. A su vez, al registrar sus bolsillos, encuentra un saquito con un polvo en su interior. La elfa reconoce que se trata de polvo de Sueño de Liz, una de las drogas más populares en la ciudad. Se lo comunica al sargento, que requisa la droga y argumenta que se lo explicará al capitán.
Por otro lado, al preguntar a los clientes, averiguan que Faese era un cliente habitual, pero que esa noche estaba especialmente nervioso. Cuando se encaró con el otro hombre, perdió los papeles al momento. Parecía muy asustado.
También hablan con el hombre que tuvo el conflicto. Se trata de Harly, un ratero local que ha permanecido todo el rato en un rincón. El hombres dice que él no sabe nada, que sólo quería hablar con Faese, pero que éste se encaró con él.
Al oír su pobre explicación, Dele’Or decide dar el caso por cerrado:
- Está claro que este bribón es el culpable –exclama el sargento-. Detenedlo ahora mismo y encerradlo en las celdas de lo alto de nuestro fuerte. Así daremos una lección a estos granujas que se creen que todo está permitido en Eras-Har. Está claro que estos dos estaban discutiendo por algún tema de drogas y por eso lo mató. Ahora pagará el precio en la horca.
Al instante, dos yelmos negros apresan a Harly y lo llevan a empellones hacia la fortaleza, mientras el ratero pide clemencia al sargento a gritos.

A pesar de la decisión del sargento, el grupo no ve nada claro el asunto, así que decide investigar por el barrio norte. Tras en un encuentro con un grupo de traficantes, detienen a uno de ellos, Fier, y lo llevan al cuartel. Su sorpresa es mayúscula cuando el sargento Dele’Or les da la orden de soltar al prisionero y no remover más el tema del asesinato.
Por otro lado, Fian se acerca a la abadía para hablar con los monjes que recogieron el cadáver. Los religiosos le explican que han examinado el cuerpo, y han descubierto que alguien pinchó en la mano Bilis de Dragón, un poderoso y costoso veneno que pocas veces se ve. Alguien había usado un veneno muy valioso con el Faese, y Harly no parecía el tipo que pueda comprar algo así.

Decididos a descubrir qué está pasando, y al no poder hablar con Harly, ya que el sargento se lo impide, deciden ver al prisionero antes de que sea ejecutado al amanecer. Para ello, Orun trepa por la fachada de la fortaleza, evitando el encuentro con los guardias que vigilan los torreones, y se reúne con el pobre prisionero, que tirita de frío en lo alto de la celda.
Harly no duda en explicar que forma parte de una banda que trafican con drogas en la ciudad, y que deben pagar parte de sus ganancias a Dele’Or por su cobertura. También les relata que Faese se negó a seguir pagando al sargento, y que él intentó convencerle para que no lo hiciera. Al saber de sus intenciones, Dele’Or usó a sus soldados para asesinar a Faese, y ahora le utiliza a él como cabeza de turco.
Harly le explica también que trabajan desde un edificio en ruinas que hay junto al río. Allí es donde esconden la droga, donde la recogen, y donde llevan las ganancias cuando acaban su jornada. Este escondite es una vieja torre de piedra que está en la orilla sur del río

El grupo se dirige entonces a la torre en ruinas. Se trata de una torre circular de tres plantas de altura, pero cuya fachada está resquebrajada en varios puntos. Una montaña de escombros cubre la puerta, pero una grieta en un lado lleva al interior, custodiada en plena noche por dos Yelmos Negros. Orun se acerca en sigilo a la torre y espía el interior, donde ve al sargento que habla con seis traficantes que hay dentro, repasando lo que han logrado vender durante el día. Entonces el sargento se queda con una parte del dinero ganado, que reparte con sus soldados antes de volverse.

Con esta información, a primera hora del día se presentan ante el capitán y acusan al sargento. El capitán se muestra dudoso, pues la acusación es muy grave. Por su parte, Dele’Or se muestra indignado y pide que expulsen a esos indeseables.
Para probar sus palabras, van al dormitorio del sargento. Allí, Mirul encuentra un tablero suelto, y bajo él varias bolsas con grandes cantidades de dinero.
Al descubrir las monedas, el capitán da la orden de arrestar al sargento, mientras que Harly es puesto en libertad. Dele’Or, entre gritos y amenazas, es conducido a la celda en lo alto del torreón, para ser ejecutado al día siguiente.